Aprendizaje informal. No es oro todo lo que reluce

Desde hace unos pocos años hemos estado asistiendo a una creciente presencial del discurso sobre el aprendizaje informal. Diferentes "gurús" nos lo han presentado en conferencias nacionales e internacionales como la última de las tendencias en el desarrollo, formación y aprendizaje de las personas adultas. Quizás el más destacado haya sido Jay Cros, cuyo libro Informal Learning se ha convertido en un best seller a pesar de las obviedades que incluye.


Como siempre nos pasa, hay que recordar que el aprendizaje no es algo nuevo. Diríamos que siempre hemos aprendido de manera informal. En Pedagogía podríamos nombrar muchos autores que así lo avalan. John Dewey al comienzo del siglo pasado ya destacaba el valor de la experiencia como factor que favorece el aprendizaje. Marsick y Watlins (1990) sugirieron que el aprendizaje informal ocurre fuera de un contexto de clase estructurada y tiene lugar en condiciones no rutinarias o en condiciones de rutina en las que la reflexión se utiliza para clarificar la situación. Para estos autores “el aprendizaje informal, una categoría que incluye al aprendizaje incidental, puede ocurrir en una institución, pero generalmente no se produce en las aulas y el control del aprendizaje recae principalmente en la persona que aprende. Se define el aprendizaje incidental como subproducto de otra actividad, como la realización de una tarea, interacciones interpersonales, inserción en la cultura organizativa, experimentación ensayo-error, o incluso aprendizaje formal”.

Diferentes investigaciones han venido a avalar esta afirmación. Marsick y Watlins desarrollaron una investigación en la que encontraron que sólo el 20% de lo que los trabajadores aprendían provenía de la formación formal y estructurada. Por el contrario, encontraron que las estrategias personales que con mayor frecuencia utilizaron los trabajadores fueron: hacer preguntas, escuchar, observar, leer y reflexionar en su ambiente de trabajo. Según otros investigadores, el 90% del aprendizaje en el puesto de trabajo se desarrolla a través de medios informales (Sorohan, 1993). En esta línea, Swanson y Holton (2001) afirman que la mayoría de lo que las personas aprenden en relación con su trabajo no está planificado en la forma de formación tradicional.

¿Qué ha ocurrido ahora para que lo que ya sabíamos se vuelva un discurso y en parte en una practica habitual en el campo de la formación? Me pareció de interés el trabajo de John Garrick en su libro Informal learning in the workplace (1998) que decía lo siguiente: “El aprendizaje informal encaja muy bien con las nuevas formas de organización del trabajo y los nuevos tipos de gestión, y tiene el potencial efecto de ir destruyendo el poder de los sistemas de educación formal. Esto puede sonar algo dramático, pero el uso que actualmente se está dando al aprendizaje informal hay que situarlo en un discurso más amplio de reformas en la economía, en el trabajo y en la educación. La “informalización” del aprendizaje se caracteriza por una “profesionalización” de la educación, que a su vez está caracterizada por la promoción de un curriculum y evaluación del aprendizaje basado en el trabajo.” (p. 17). Llamaba la atención este autor acerca de que hablar de aprendizaje informal no es un hecho neutro. Nos dirige hacia una concepción del aprendizaje en que se da como natural el fracaso de las instituciones formales de educación/formación favoreciéndose por su parte un discurso de la formación basada en el mercado, en la desregulación, privatización y dispersión de la autoridad y de la formación del conocimiento. Un discurso que asume como generalizado lo que Peka Himannen denunciaba en relación con las instituciones formativas y su deseo de evocar la Academia platónica como modelo de aprendizaje. Decía Himanen que “La ironía es que la actual academia tiende a reproducir la estructura de aprendizaje emisor-receptor propia de los monasterios. La ironía generalmente se amplía cuando la academia construye una ‘universidad virtual’: el resultado es una escuela monacal computerizada”(Himanen, 2001, p. 76) . 

El reconocimiento de la experiencia (reflexionada y transformada en aprendizaje) en España ya ha llegado al campo de la formación, tanto inicial (universitaria) como continua. En la formación universitaria, el Real Decreto 861 por el que se establece la ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales contempla la posibilidad del reconocimiento de hasta el 15% de un titulo de grado o master mediante la acreditación de la experiencia profesional. Es más, se rumorea que este porcentaje se pretende ampliar al 30%.

En la formación profesional a partir del RD 1224/2009, de 17 de julio, de reconocimiento de las competencias profesionales adquiridas por experiencia laboral se establece el marco para el inicio del proceso de certificación del aprendizaje informal de las personas tomando como referencia los certificados de profesionalidad y sus correspondientes unidades de competencia. A partir del año próximo, al menos en Andalucía se va a inicial el proceso de certificación en algunas especialidades concretas.

Desde mi punto de vista estos dos ejemplos no hacen sino poner de manifiesto una tendencia que según los sectores que analicemos resulta más marcada o menos: el desapego creciente hacia las instituciones formales de formación. Si algo ha dado legitimidad tanto a los cursos de formación como a la formación universitaria, ha sido que proporcionan certificados o títulos. Pero cuando constatamos que esa certificación (de asistencia, de adquisición de conocimiento) es insuficiente se empiezan a plantear dudas acerca de la adecuación de las instituciones formativas a la cambiante realidad profesional en la sociedad del conocimiento. Hay que reconoceré que las universidades españolas están haciendo un enorme esfuerzo diseñando planes de estudios y enseñanzas en base a competencias.

El auge de las redes sociales, la web 2.0 y toda la galaxia que le acompaña no está haciendo sino avanzar en la línea de promover un discurso del aprendizaje basado en la autonomía, la colaboración, el aprendizaje basado en la práctica. Y el problema que nos planteamos los educadores es como integrar ambos discursos: lo formal y lo informal. Las tensiones son evidentes. Desde la formación formal se recela respecto de todo aquello que se haya aprendido fuera de los cauces oficiales. Y en relación al aprendizaje informal hay que decir que no es oro todo lo que reluce. Que, como ya recordamos al inicio de este texto, Dewey nos avisaba de la diferencia entre experiencia y aprendizaje. Y tendremos que demostrar que se produce aprendizaje cuando los alumnos envían o reciben twits, participan en una red social, graban un video o tienen un avatar en un mundo virtual. Ahí está el problema en el que deberíamos centrar nuestros esfuerzos. Porque si bien estamos convencidos de que aprendemos en contextos informales, como los que se promueven a través de las herramientas y espacios de la red social, no basta con creerlo. Hemos de demostrarlo y para ello se requiere investigación. Por eso hemos de tomar los recientes desarrollos en procesos de elearning: redes sociales, m-learning, realidad aumentada, mundos virtuales como desafíos para ir mas allá de los estrictos y poco flexibles escenarios de formación formal. Y ello requiere pasar de la mera experiencia al aprendizaje, algo que, de nuevo Dewey, nos decía que requiere tres elementos: reflexión, continuidad e interacción.

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